Opinión: El Insulto Como Forma De Expresión

Opinión 25 de junio de 2020 Por Gustavo Rachid
gustavo rachid

Uno de los temas de más dificultosa gestión en cuanto a Comunicación Profesional se refiere, se trata de cómo actuar ante la publicación de mensajes críticos de terceras personas, que utilizan habitualmente un tono exacerbado, sin límites en el uso de adjetivos descalificativos, una especie de «rara avis literaria», que han proliferado desgraciadamente en la actualidad, gracias a la facilidades de difusión de sus publicaciones que les ofrecen las redes sociales, principalmente.

Me refiero al tipo de comunicaciones, por llamarlas de alguna manera, que no pretenden proponer una mejora de la situación que critican, una crítica constructiva, sino descalificar porque sí a una entidad o persona al que convierten en el “blanco de sus críticas”. Claro está que en esos textos se realizan afirmaciones que, por muy perturbadoras y ofensivas que sean, no llegan a ser claramente delictivas y por lo tanto no cabe una apelación a la justicia contra esas injurias y calumnias. Lo que sería más bien «el ruido por el ruido”.

Diferentes formas de violencia literaria

Crítica infundada, opinión insultante, insulto, mentira, descontextualización de datos, operaciones de prensa, que utilizan las redes sociales como el canal de difusión más efectivo para su viralización e impacto, son algunas de las formas actuales con las que se manejan a menudo estos autores de cuestionable academia e indudable mala educación. 

Esa «mala praxis» supra académica que llega hasta la acusación directa de personas, organizaciones públicas o privadas y demás, deberían ser consideradas como una acción que anula absolutamente la credibilidad de quien critica, o en este caso de quien, a través de sus escritos o manifestaciones, mancilla el buen nombre de alguien en particular. 

Instalar un tema es fácil, lo difícil es mantener el interés del público

Ésta es una de las claves de esta forma de «baja comunicación». Habitualmente quienes la ejercen buscan notoriedad o «visibilidad» a cualquier costo, y para ello, sin mucha formación literaria, recurren a estos métodos de «llamar la atención» instalando temas polémicos, sin valor ético, pero de titulares estruendosos que retumban, pero sin eco si se sabe cómo gestionarlos y neutralizarlos.

Responder, ¿o no?

Si bien cada caso tiene sus propias características, y son motivo de análisis sobre la conveniencia de cómo tratarlos, hay una máxima muy conocida que es; «no responder», ya que eso es lo que suele buscar el autor de las infamias, protagonismo, salvo que el mensaje del emisor rayara lo ilícito y la cuestión debiera ser judicializable, en cuanto al daño que pudiese ocasionar.

En este caso específico, resulta útil definir con claridad la jerarquía del inquisidor, medir la magnitud y calidad de los medios y canales (audiencia) que publican dichos contenidos, y definir la reputación profesional del crítico autor, ya que estos simples datos darán como resultado el grado de impacto y credibilidad que pueda alcanzar su escrito.

Habitualmente, cuando se incursiona en una forma de comunicación de esas características, el crítico muchas veces no tiene nada que perder; en general se trata de una persona que no ha logrado alcanzar determinados niveles de notoriedad, o profesionalismo y que busca en la respuesta a sus críticas la polémica que alimente y permita mantener durante un determinado lapso de tiempo el tema visible, y la respuesta o no al mismo por parte del perjudicado jamás debe entrar en el juego de las descalificaciones del emisor, ya que esto conllevaría a generar un coloquio de baja calidad intelectual, algo que perjudicará sobre todo al afectado/a por las calumnias.

«El miedo todo lo paraliza» (Manuel Belgrano)

La crítica produce ansiedad, una palabra que suele utilizarse como referencia de otros términos similares como miedo, tensión, aprensión, preocupación, temor, nerviosismo o estrés.

Esa ansiedad o miedo que se siente frente a las posibles repercusiones de una crítica es el resultado de una habitual reacción humana cuando se piensa obsesivamente en una situación o actividad que está ocurriendo, o que está pendiente de ocurrir, razón por la cual se acaba teniendo un miedo anticipado, insidioso y expansivo; o sea, una emoción desbocada que se debe aprender a controlar, ya que el coste en emociones negativas puede resultar demasiado alto.

No hace falta tener la última palabra frente a estas acciones que hemos denominado de «baja comunicación», ya que es probable que el crítico sea un incansable escritor, y no pierde nada si continúa con su campaña difamatoria, aunque baje en cada publicación, su credibilidad y respeto por parte de las audiencias.

«No ofende quien quiere, sino quien puede» (refrán español)

La regla de oro es «acostumbrarse a las críticas», independientemente de la jerarquía y ocupación del criticado, aunque al mismo tiempo hay que saber valorizarlas, para determinar cuáles son sin propósito objetivo y real alguno, si se trata de críticas basadas en ideología, por ejemplo. De todas formas, la experiencia me dice que en la mayoría de los casos este tipo de críticas ponen de manifiesto el deseo imperioso de «querer estar» donde se encuentra el criticado.

Vivimos un tiempo en el que la agresividad en el lenguaje y en las formas está a la orden del día. Hay quien lo achaca a la pandemia, yo creo que ya venía de lejos, hace unos meses. Por eso es importante gestionar la comunicación de “marca personal” como lo haríamos en el caso de una empresa, con estrategia y objetivo, sin dejarnos llevar por las emociones, ahí es donde, una vez más entra en juego la importante labor que se realiza en la Comunicación desarrollada profesionalmente, realizada con sentido, congruente y honestamente, con datos objetivos, cuya motivación principal es informar adecuadamente.

Gustavo Rachid-ambientecomunicación.com

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