Covid-19: La Geopolítica de la inmunización

Internacionales 26 de febrero de 2021
Además de un tema sanitario, la pandemia global de Covid-19 es un asunto de naturaleza económica y política. Las medidas de prevención y respuesta estuvieron atravesadas por consideraciones de poder. Y lo mismo está ocurriendo con la posible salida.
covid-geopolitics

Según el rastreador de vacunas del equipo de epidemiólogos y expertos en salud de la Universidad McGill de Canadá, a principios de 2021, al menos 73 vacunas para proteger a los humanos contra el síndrome respiratorio agudo severo coronavirus 2 (SARS-CoV-2) se encontraban en desarrollo,

Así como en 2020 se atravesó un “nacionalismo sanitario”, este año estamos ingresando a la “geopolítica de la inmunización”.

¿Qué es la geopolítica? En esencia, la disciplina que analiza los desacuerdos entre los individuos o grupos sobre la naturaleza de los territorios. Esos desacuerdos conducen a disputas de poder. Así, el control de las entidades espaciales (territorios) es una forma de poder. Ese poder puede ser material, relacional o ideológico. En un mundo en el cual los movimientos de bienes e individuos se encuentran limitados por el coronavirus, las vacunas constituyen no solamente una barrera de protección contra un agente patógeno, sino también una clave para la actividad económica transnacional y la circulación física, interna o internacional. En su dimensión geopolítica, la vacuna (re)construye la pertenencia a un territorio reconfigurando el espacio con base en la salud. Actúa como un certificado no sólo de salubridad sino de pertenencia.

Mundo desarrollado

La carrera por desarrollar y distribuir una vacuna contra el coronavirus tiene motivaciones e impactos que van mucho más allá de la medicina. Los principales contendientes en la disputa por la vacunación mundial pueden ser agrupados siguiendo los alineamientos económicos y políticos que separan a los países desarrollados y el mundo emergente.

Las vacunas del “Primer Mundo” son tres. La vacuna Moderna es producida por una empresa estadounidense de biotecnología en Cambridge, Massachusetts. Fue aprobada para uso público en Estados Unidos en diciembre y en la Unión Europea (UE) en enero. La UE ha ordenado 80 millones de dosis, con la opción de comprar 80 millones adicionales, mientras que Estados Unidos se ha asegurado 200 millones de dosis, con la opción de comprar otras 300 millones. El Reino Unido, Japón, Suiza, Corea del Sur y Canadá también han encargado dosis.

La vacuna BioNTech-Pfizer es coproducida entre Alemania y Estados Unidos y fue aprobada en la UE, Estados Unidos, el Reino Unido, Arabia Saudita y al menos otros 19 países. Se produce en países miembros de la UE. Coincidentemente con la estrategia de vacunación de la UE, la vacuna de BioNTech fue la primera (y hasta hace poco la única) aprobada en conjunto por el bloque. La compañía agradeció este gesto abriendo en febrero una nueva planta de fabricación en Marburg, Alemania, con capacidad para 250 millones de dosis adicionales en la primera mitad de este año y una capacidad de producción total de 750 millones de dosis al año.

La vacuna de Oxford-AstraZeneca es desarrollada por la farmacéutica sueco-británica en asociación con la Universidad de Oxford. Fue aprobada para su uso en el Reino Unido, India y Argentina, donde se fabrica la materia prima que se fracciona en México para su distribución en América Latina. Será producida con “cadenas de suministro globales que involucran a más de 20 socios en más de 15 países”, según lo informado por el vicepresidente senior de operaciones biológicas globales de AstraZeneca, Per Alfredsson. Algunas dosis también serán producidas en India por el Serum Institute of India. Su precio es sustantivamente menor al de las otras dos vacunas porque AstraZeneca aceptó no obtener beneficios mientras dure la pandemia.

La economía política internacional de las vacunas en los países revela los contornos del sistema productivo y político del que provienen. Existe un claro predominio del sector privado para dictar plazos y modos de la investigación y el desarrollo. También se manifiesta un sistema de coordinación y concesiones mutuas entre gobiernos y corporaciones para fijar las estructuras de distribución y establecer las condiciones de comercialización. La geoeconomía de la vacuna en el mundo desarrollado mantiene el principio rector del capitalismo global de libre mercado, principio que desde estos países ha emanado históricamente y se ha impuesto sobre el resto del mundo.

El nuevo poder de Rusia

El panorama de la geopolítica de la vacuna en el mundo emergente es distinto, y revela la diferencia de criterio con el que estas potencias buscan reconfigurar el orden mundial pos-pandémico. Rusia fue el primer país en aprobar una vacuna, en agosto de 2020, con la Sputnik V. Desde entonces, ha sido aprobada por Bielorrusia, Argentina y Guinea. Fue desarrollada por el Centro Nacional de Epidemiología y Microbiología de Gamaleya del Ministerio de Salud, en colaboración con el 48º Instituto Central de Investigación del Ministerio de Defensa y el Instituto de Vectores del Rospotrebnadzor (Servicio Federal de Vigilancia y Protección de los Derechos del Consumidor y el Bienestar Humano). Su desarrollo fue financiado por el Fondo de Inversión Directa de Rusia (RDIF), el fondo soberano de inversión del país.

Según lo informado por el RDIF, la vacuna será fabricada por sus empresas asociadas en India, China, Brasil y Corea del Sur, entre otros países. Más de 50 países han solicitado acceso a más de 1.200 millones de dosis. Para Rusia, no se trata de una cuestión de lucro, sino de prestigio. En los primeros meses de la pandemia, Moscú ya había ayudado al sobrecargado sistema hospitalario de Italia despachando un contingente de más de 100 soldados a Bergamo con equipo militar. Las cajas llevaban estampados logotipos que decían “De Rusia con amor”, mientras que los medios estatales resaltaban el hecho de que militares rusos hayan viajado “por el corazón de Europa a lo largo de las carreteras de la OTAN”.

Rusia trabajó hábilmente sobre las líneas de fractura existentes al interior de la UE, capitalizando esos conflictos para ganar una ventaja geopolítica y promocionar la “superioridad” de su régimen ante la inacción de Bruselas. El desarrollo farmacéutico se ofrece como ejemplo de una superioridad técnica que se desprendería naturalmente de un modelo superior de gobierno. En este contexto, la vacuna es una forma de demostrar que Rusia es capaz de desarrollar tecnologías complejas y situarse en la cima de la elite científica mundial, que ha recuperado la cumbre del poder global. Después de la desintegración de la Unión Soviética, que durante décadas había buscado rivalizar con Occidente en ciencia y tecnología, Rusia se encontró con una industria farmacéutica en crisis. El desarrollo de una vacuna potencia el orgullo nacional al demostrar que no depende de los laboratorios occidentales internacionales para inmunizar a su población. El nombre de la vacuna alude al deseo ruso de recuperar un status y poder simbólico como el que obtuvo en los tiempos en que lideraba el programa espacial: Sputnik fue el nombre del primer satélite del mundo, lanzado por la URSS en 1957, un logro que supuso un revés histórico para su entonces rival, Estados Unidos. Lo mismo que se hizo durante la Guerra Fría con el ajedrecista Boris Spassky hoy se hace con la vacuna Sputnik.

La vacuna rusa revela los contornos de una geopolítica y una geoeconomía de una naturaleza diferente a la que busca extender e imponer el mundo avanzado. La Sputnik no fue el resultado de la construcción y consolidación de cadenas de producción y suministro globales sino el producto de un programa de sustitución de importaciones. La articulación entre sector privado y sector público es diferente en Rusia; el modelo de capitalismo y el sistema de gobierno difieren del modelo liberal occidental tradicional. Por eso promueve un mundo “policéntrico”, en el que pueda hacer valer su peso y proyectar una narrativa que unifique internamente a su sociedad y refuerce su prestigio externo: cuando se evidenció que Rusia podría producir internamente sólo 2 millones de dosis para fines de 2020, una cantidad muy por debajo de lo que se necesita para proteger a sus 145 millones de habitantes, el presidente Vladimir Putin se manifestó “listo para trabajar con nuestros socios extranjeros”, y confirmó un acuerdo con el grupo farmacéutico indio Hetero para la producción de más de 100 millones de dosis.

India también desarrolló la vacuna Covaxin, del laboratorio Bharat Biotech International de India, aprobada en el país el 3 de enero pasado. El primer ministro indio, Narendra Modi, calificó esta vacuna de “cambio de juego”, a pesar de no haberse completado los ensayos adecuados o la revisión por pares. Con autorización de emergencia, ya había 20 millones de dosis disponibles en uno de los países más afectados por la pandemia: en efecto, al 20 de enero el observatorio de COVID de la Universidad Johns Hopkins situaba a India en el segundo puesto global de infectados (detrás de Estados Unidos) y tercero en número de muertos (detrás de Estados Unidos y de Brasil).

Apuesta china

China, la potencia emergente –o emergida–, es la que marca el paso de cómo será el orden mundial poscoronavirus. China aprobó “condicionalmente” la vacuna de Sinopharm (Grupo Farmacéutico Nacional de China) y la vacuna de Sinovac. El proceso interno revela las características del régimen: capitalismo de Estado, grupos corporativos nacionales apoyados, financiados y direccionados por el gobierno, junto a imperativos de seguridad que se imponen sobre las restricciones económicas y las lógicas comerciales. Aunque Pekín ha quedado relativamente atrás en la aprobación formal, millones de ciudadanos (en su mayoría trabajadores de la salud, del sector alimentario y comunitarios) ya han sido vacunados como parte de un programa de emergencia.

El tiempo apremia. China se apresura a completar millones de inmunizaciones más antes de las vacaciones del Año Nuevo Lunar de febrero. Este acontecimiento, conocido como chunyun, constituye la migración humana más grande del mundo, con más de 400 millones de chinos viajando por todo el país para ver a sus familias, que realizan un total de 3.000 millones de viajes durante un período de 40 días.

A nivel internacional, diplomáticos chinos prometen a países de Asia, África y América Latina acceso preferencial a una vacuna china “a un precio justo y razonable”. La vacuna de Sinopharm fue aprobada por los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Pakistán, en tanto la de Sinovac fue adquirida, entre otros, por Singapur, Turquía, Brasil, Chile e Indonesia, que prepara una campaña de vacunación masiva.

China ha encontrado una oportunidad de posicionarse como líder en salud pública mundial ofreciendo una vacuna como bien público mundial. Pekín –a diferencia de Washington– se ha unido a COVAX, la asociación de vacunas que tiene como objetivo subsidiar el acceso a los países más pobres y garantizar una distribución global equitativa. Sinopharm está realizando ensayos de tercera fase en Argentina, Bahrein, Egipto, Jordania, Marruecos, Pakistán, Perú y Emiratos Árabes Unidos. Sinovac en Bangladesh, Brasil, Chile, Indonesia, Turquía y Filipinas. Por último, la vacuna de CanSino se está testeando en México, Pakistán , Rusia, Arabia Saudita y –pendiente de aprobación– en Chile. Los países que acogen los ensayos celebraron acuerdos con China para comprar dosis.

La pandemia irrumpió en un contexto de deterioro de las relaciones de China con Estados Unidos, que buscó un chivo expiatorio. Pero China reaccionó. En un intento por controlar la narrativa global sobre la pandemia de modo de proteger su reputación nacional, Pekín ya ha ofrecido 1.000 millones de dólares en préstamos a América Latina y el Caribe para el acceso a las vacunas, mientras que la rivalidad entre China e India ha encontrado un nuevo punto focal en torno al suministro de vacunas en Bangladesh. En el Sudeste Asiático ya existe preocupación por los costos estratégicos del acceso a una vacuna china, instigados por comentaristas occidentales que advierten sobre el riesgo de situaciones de “dependencia”. En Brasil, la diplomacia china de las vacunas ha enfrentado al presidente Jair Bolsonaro con el gobernador de San Pablo, João Doria, que desea comprar 46 millones de dosis de la vacuna Sinovac.

En términos globales, China enmarcó su respuesta a la pandemia en la “Ruta de la Seda de la Salud”, a su vez parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda, la política pública que simboliza la forma de conceptualizar el desarrollo y el poder de China en el siglo XXI. Como guía de acción externa, este proyecto busca consolidar el espacio geopolítico y geoeconómico, globalizar las empresas chinas e internacionalizar al yuan. A nivel de poder simbólico, el presidente Xi Jinping afirmó su voluntad de construir una “comunidad de salud común para la humanidad”, un término equivalente al eslógan de la Franja y la Ruta, “comunidad de destino humano común”. Si algunos ven en ello un mero fraseo semi-utópico sobre las buenas intenciones de Pekín hacia la comunidad internacional, otros lo consideran una cínica retórica deliberadamente calculada para encubrir un proyecto de dominación global propio de una potencia que pretende la supremacía global.

En el (des)orden mundial contemporáneo, en el que se superponen ascensos, descensos, competencias y disputas de poder, lo pandémico se vuelve político, lo global se torna cada vez más geopolítico y las vacunas se transforman en verdaderos vectores de poder.

Fuentes: ElPais-Eldiplo-Euronews-recursoshumanostdf.ar

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