OPINIÓN: "El código de los pies ligeros" o las reglas no escritas de las expediciones a Península Mitre

Opinión 26 de enero de 2020 Por Alejandro Winograd
Un grupo de personas, a bordo de nueve camionetas, se lanzó a recorrer la costa norte de Península Mitre
Ale Winograd

Los hechos se pueden leer en las redes y en los medios, y en este mismo Portal (patagonia24.com.ar) se ha publicado un informe claro y profundo.

WhatsApp Image 2020-01-22 at 09.50.45INFORME ESPECIAL: Denuncia por una travesía 4x4 en Península Mitre

Enterados del plan y preocupados por el daño ambiental que, seguramente, va a provocar la caravana, los responsables de un conjunto de ONGs comprometidas con la protección del área presentaron una denuncia por “…daño agravado, en despoblado y en banda…” contra los expedicionarios. El resultado, como en tantas otras cosas, se verá con el tiempo. Pero, sea que la expedición logre o no llegar al cabo San Diego; que la denuncie prospere o quede en el olvido, y que lo hecho por este grupo despierte el interés o provoque el desprecio de otros viajeros, la historia puede ayudarnos a recordar -o aprender- algunas lecciones.

Pasaron treinta y cinco años desde que Oscar Zanola y el Museo del Fin del Mundo llevaron adelante la primera campaña de reconocimiento de Península Mitre. Y apenas uno o dos años menos desde que tomaron forma las primeras iniciativas orientadas a establecer algún programa de conservación y manejo que estableciera -entre otras cosas- reglas de circulación para los visitantes del área. Es probable que aquellas primeras iniciativas tuvieran defectos, pero me gustaría pensar que, en el tiempo transcurrido desde entonces, hubiera sido posible corregirlos.

En el curso de estos treinta y cinco años se sucedieron iniciativas, presentaciones, estudios, discusiones, proyectos y reuniones dedicadas a analizar unos u otros aspectos vinculados al futuro de Península Mitre. Y mientras se debatía cuáles debían ser: la figura legal, la jurisdicción, los límites, las fuentes de financiamiento, los modos de conservación, las formas de uso, la necesidad de construir algún tipo de infraestructura, el manejo del ganado cimarrón y tantos otros temas, se multiplicaba el número de viajeros que quería conocer el paisaje o, más que conocer el paisaje, vivir la experiencia -curiosamente única- que ofrece el oriente fueguino.

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 Como es de norma en las verdaderas aventuras, las reglas se fueron escribiendo sobre la marcha, y si al principio todas las campañas se ceñían al “manual de estilo” que había señalado el Museo, con el paso del tiempo se establecieron nuevas formas de recorrer el área. En una lista apretada, y seguramente incompleta, se pueden citar: los viajes de los cuatriciclos; las excursiones privadas en velero; las travesías en solitario; los grupos de jinetes; los equipos empeñados en recorrer la totalidad de la península; los helicópteros; las bicicletas y hasta las tablas de surf. Y aunque algunas de esas novedades trajeron dudas -valgan, solo como ejemplo, las controversias que despertaron en su momento las primeras huellas más o menos permanentes de cuatriciclos-, muchos actuaban como si no hubiera nada de qué preocuparse. Al fin y al cabo, parecía ser el mensaje, Península Mitre era un lugar lejano y casi inaccesible, y eso debía bastar para mantenerlo libre de riesgos y de daños.

peninsula-mitre-CAMBIO CLIMÁTICO: El punto de mayor captura de carbono de Argentina está en Tierra del Fuego

Pero, como acabamos de comprobar, los que creían eso estaban equivocados. Península Mitre no está tan lejos ni es tan difícil de alcanzar. Y aun si lo fuera, tiene todos los atributos para atraer al tipo de viajeros que considera que el aislamiento y la lejanía son atributos adicionales. De hecho, vista la atención que ha recibido el área en los últimos años, lo que debería sorprendernos no es que haya llegado una caravana de camionetas, sino que no hayan llegado muchas más. Pero no se descuiden; solo es cuestión de esperar…

El buen explorador, dicen, no se lleva más que fotografías y no deja más que huellas. Pero también dicen muchas cosas que, como esa, no son estrictamente ciertas. Lo que sí es cierto, en cambio, es que, con todas las discusiones y a pesar de todos los errores, la mayor parte de los viajeros que fueron a Península Mitre en el curso de estos treinta y cinco años se ajustaron a una u otra forma a lo que podríamos llamar el código de los pies ligeros. Es decir que, cualquiera que fuera el itinerario, el medio de transporte, el número de participantes y el objetivo de cada campaña, se ocuparon -o al menos trataron de ocuparse- de que sus huellas no fueran demasiado profundas. Ya llegaría el momento, parecían pensar, en que hubiera un plan que estableciera fehacientemente qué era lo que se podía y qué lo que no se podía hacer; mientras tanto, lo más prudente, y más que prudente, lo más digno y lo más elegante era actuar con cautela. Pero esa cautela y el código que impulsaba servían cuando éramos pocos; cuando los que viajaban a Península Mitre sentían que, además de un privilegio, tenían una responsabilidad y que, con cada paso que daban, se sumaban a ese círculo maravilloso que forman los que quieren saber qué es lo que hay al otro lado del horizonte. Y van a verlo.

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Ningún crecimiento es fácil, y eso vale tanto la vida de cada uno de nosotros como para los lugares en que vivimos y los lugares que amamos. Y, por supuesto, para Península Mitre. Uno podría preguntarse -y confieso que yo me lo pregunto- qué es lo que impulsa a un grupo a planear y ejecutar una expedición tan desprovista de gracia como la de las camionetas que recorren la península en estos días. Pero la respuesta no cambia nada; lo cierto es que, más temprano o más tarde habrá otros grupos como éste, y más vale que los responsables de la administración y el manejo de las áreas silvestres de Tierra del Fuego estén preparados para eso. Ya se ha dicho muchas veces -incluso en estas líneas-, pero quizás convenga decirlo una vez más: pasaron treinta y cinco años (¡treinta y cinco años!) desde que descubrimos que allá, en el extremo oriental de la Isla Grande había un territorio fascinante que merecía ser conocido pero que, además, debía ser puesto en valor y preservado. Y aunque dé un poco de vergüenza, quizás necesitábamos una caravana de camionetas para recordarlo.

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