






A ver, pongámonos serios, (si es que se puede). Estamos en pleno 2026 y hay cosas que no cambian: la inflación pelea el puesto con el precio del asado, pero lo que realmente vuela por las nubes es el tiempo de pantalla de nuestro Jefe de Estado. Lo de Javier Milei con X (antes Twitter, para los nostálgicos) ya no es una estrategia de comunicación; es, a esta altura, una extensión de su sistema nervioso.
Mientras el país intenta descifrar si la economía está en "V", en "U" o en un laberinto sin salida, el Presidente parece estar en una competencia personal para romper el récord mundial de retuits. Según las métricas que circulan, el mandatario le dedica varias horas diarias a la red de Elon Musk. ¡Horas! Uno se pregunta: ¿En qué momento gestiona? ¿En qué momento duerme? ¿O será que las reuniones de gabinete ahora se resumen en un hilo de 280 caracteres?
El estilo es puro Milei: frontal, agresivo y sin filtros. Si sos periodista y preguntás algo que no gusta, ligás un posteo. Si sos opositor, ligás un meme. Y si sos un bot con nombre de código y foto de perfil de un león, felicitaciones, ¡tenés el like presidencial asegurado!
"No me arrepiento de nada... lo hago en mi tiempo ocioso", dijo alguna vez el Presidente.
El problema Presidente, es que cuando se es el capitán del barco, el "tiempo ocioso" es un lujo que el resto de los mortales que pagamos la cuenta no vemos por ningún lado. Mientras el dedo presidencial se gasta en dar RT a cuentas anónimas que lo idolatran, afuera la realidad sigue siendo de carne y hueso, no de píxeles.
El diario de Yrigoyen 2.0
Lo más preocupante de esta obsesión digital no es solo el tiempo perdido, sino la burbuja que se genera. Milei parece vivir en un algoritmo donde el 100% de la gente lo ama y el que critica es un "ensobrado". Es el diario de Yrigoyen, pero con fibra óptica.
Para este 2026, los informes de consultoras ya muestran que el engagement está cayendo y que las menciones negativas superan el 50%. Parece que la gente se empezó a cansar de las peleas por teclado. Al final del día, los argentinos no comemos likes ni pagamos el alquiler con tendencias en X
Presidente, largue un poco el teléfono. Mire que la realidad no tiene botón de "bloquear".
Porque una cosa es informar la gestión y otra, muy distinta, es convertir la cuenta oficial del Presidente en un ring de boxeo donde el que no aplaude, cobra.
Para Milei, el periodismo no es el cuarto poder; es el enemigo número uno si osa cuestionar una coma de su relato. Ya perdimos la cuenta de cuántas veces usó términos como "periodistas ensobrados" o "extorsionadores" para referirse a cualquiera que haga una pregunta incómoda.
Lo de los "exabruptos" ya no es una excepción, es el modus operandi. Si un analista dice que el consumo cayó, es un "burro". Si un cronista de calle muestra una protesta, es un "cómplice de los delincuentes". La lista de calificativos es tan creativa como violenta:
"Niditos de ratas": Así definió a espacios donde se debate la política.
"Fracasados": El sello de goma para cualquier economista que no sea de su riñón.
"Violentos": Irónicamente, el adjetivo que más usa para quienes reciben sus catarros de tuits.
Lo que parece una rabieta de adolescente frente al movil o la computadora, tiene consecuencias reales. Cuando el Presidente de la Nación señala con el dedo a un periodista con nombre y apellido en X, se activa una horda de cuentas (algunas reales, muchos trolls de manual) que salen a despedazar a la víctima.
El "me gusta" presidencial funciona como una orden de ataque. No hace falta que diga "ataquen"; con un retuit a una cuenta anónima que insulta a un trabajador de prensa o a cualquiera que piensa distinto, el daño ya está hecho.
El discurso oficial dice que esto es "libertad de expresión". Pero seamos claros: la libertad de expresión es el derecho del ciudadano a criticar al poder sin miedo a represalias. Cuando el Poder usa toda su maquinaria para hostigar al ciudadano o al comunicador que piensa distinto, eso tiene otro nombre, y huele bastante rancio.
En este 2026, la grieta ya no es solo política, es digital y agresiva. Pareceía que el presidente Milei sigue convencido de que su "batalla cultural" se gana a fuerza de humillar al prójimo en redes. Lo que no termina de entender es que, mientras él se siente un gladiador en el Coliseo, la investidura presidencial se va desteñiendo entre tanto insulto y captura de pantalla.
Para cerrar este cuadro de situación, hay que hablar de la desconexión. Porque mientras en el "Mundo Milei" —ese que se construye entre paredes de la Casa Rosada, la Quinta de Olivos y servidores de Silicon Valley— las métricas de aprobación vuelan y la inflación "está derrotada" en cada gráfico de Excel que sube un funcionario, mientras en la calle el aire se corta con cuchillo.
Existe una realidad que se vive desde el despacho presidencial, donde el éxito se mide en interacciones, hilos de X y fotos con magnates tecnológicos. Ahí, el Presidente se siente un prócer mundial, un rockstar de la macroeconomía que salvó a la humanidad del colectivismo, y no deja de ser una realidad aséptica, con aire acondicionado y aplausos digitales programados.
Pero bajemos un cambio. Cruzando los portones de la residencia, la realidad del ciudadano común es otra. Es la del tipo que cuenta las monedas para el colectivo, la de la jubilada que elige qué remedio dejar de comprar este mes, y la del laburante que ve cómo su sueldo, aunque ya no corra tan de atrás a los precios como antes, sigue sin alcanzar para proyectar un futuro. La calle no tiene algoritmos; tiene baches, persianas que bajan y una incertidumbre que no se soluciona con un meme de un león.
Seamos honestos y dejemos de lado la bandera política por un segundo: si al Presidente le va bien, a todo el país le irá bien, y esta es la máxima que sostiene la esperanza de muchos. Todos queremos que la economía arranque, que la inversión llegue y que el país deje de ser un meme de inestabilidad mundial. Nadie en su sano juicio apuesta al fracaso del capitán cuando está arriba del mismo barco.
Pero —y acá está el nudo de la cuestión— todo tiene un límite.
El apoyo popular no es un cheque en blanco de duración infinita. El "aguante" tiene una fecha de vencimiento que no se puede prorrogar con un posteo viral.
Y el límite es la insensibilidad. No se puede pedir sacrificio eterno mientras desde el poder se gasta energía en internas, en peleas triviales de redes sociales. El ciudadano tolera el ajuste si ve un horizonte, pero ese horizonte se nubla cuando el líder parece más preocupado por ganar una discusión con un usuario anónimo que por resolver por qué el consumo de carne está en mínimos históricos, o los jubilados... o la salud...o la seguridad... o por qué la educación pública sigue perdiendo pibes que ya no pueden pagar la cuota de la privada.
La apuesta de Milei es arriesgada: cree, o por lo menos así parece, que la mística digital puede sostener la realidad material. Pero la historia argentina es implacable. Cuando el contraste entre el "relato de redes" y el "bolsillo de la calle" se vuelve demasiado grande, no hay filtro de Instagram ni retuit de Elon Musk que alcance para tapar el sol.
Presidente, el país quiere que le vaya bien, de verdad. Pero bájese del estrado digital un ratito. La gente no necesita un influencer; necesita un gobernante que entienda que, fuera de la pantalla, el dolor no se cura con un click.
Creo que no es bueno sobrevender expectatívas, más en política, porque lo incierto, es peor que lo malo.
Por lo menos, así lo veo yo...CONTINUARA.




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