




A ver, seamos francos. Lo que pasó en Diputados no sorprende a nadie que tenga dos dedos de frente y siga la política argentina, pero no por eso deja de ser un espectáculo de piruetas discursivas digno de un circo romano. El oficialismo, ese que llegó con la bandera de prender fuego los vicios de "la corporación política", acaba de usar el manual más rancio del Congreso para salvarle las papas al flamante jefe de Gabinete, Manuel Adorni.
Con el agua al cuello por las inconsistencias en sus declaraciones juradas —esas que el propio funcionario admitió en televisión con una soltura de cuerpo que asusta—, la Libertad Avanza activó el "operativo rescate". ¿El resultado? La sesión especial para interpelar y meterle una moción de censura a Adorni se cayó por falta de quórum. Consiguieron apenas 117 de los 129 diputados necesarios.
Pero ojo, la medalla de este logro no es puramente libertaria. Para desactivar la bomba, el Gobierno tuvo que recurrir a sus "socios con beneficios" de siempre: el PRO y la UCR tradicional.
La farsa del "vayan a comisión"
La excusa de los bloques aliados para no bajar al recinto roza lo tierno. Argumentaron que, como el oficialismo aceptó habilitar el debate del tema en la Comisión de Asuntos Constitucionales la semana que viene, "la sesión ya no tenía sentido". Claro, mandemos el incendio a una comisión, que es el equivalente legislativo a patear una pelota al descampado a ver si se pincha sola.
Evitaron que sus diputados quedaran pegados en una foto defendiendo el patrimonio de Adorni en el recinto, pero el vacío que dejaron en las bancas grita complicidad. La oposición más dura —Unión por la Patria, la Izquierda, la Coalición Cívica y el radicalismo disidente— se quedó con las ganas de sentarlo en el banquillo, pero se llevó un insumo espectacular para el relato: cuando las papas queman, las fuerzas del cielo se aferran a las estructuras de la tierra.
Las consecuencias para el oficialismo: pan para hoy, debilidad para mañana
Ganaron tiempo, es verdad. Compraron dos semanas de aire y lograron que la agenda no se tiña por completo de sospechas de corrupción justo cuando quieren avanzar con las reformas económicas clave. Pero en política, el tiempo prestado se paga con tasas de interés altísimas.
¿Qué le cuesta esto al oficialismo en el mediano plazo?
Erosión del relato anticasta: Cada vez es más difícil sostener el discurso de la pureza moral y la "nueva política" cuando dependés del PRO y de los radicales para que no te destrocen a un ministro. La militancia dura se traga el sapo por pragmatismo, pero el votante independiente empieza a notar que el método de supervivencia es exactamente el mismo que usaban los de antes.
Dependencia absoluta y extorsión legislativa: Al cerrarle la puerta a la interpelación, el oficialismo firmó pagarés en blanco con Cristian Ritondo y los gobernadores de la UCR. En el Congreso no hay almuerzo gratis. Cada ley que el Gobierno quiera pasar de acá en adelante va a venir con una factura más gorda por parte de los bloques dialoguistas, que ya saben perfectamente cuánto vale su silencio y su quórum.
El "Efecto Olla a Presión" en el Senado (y el cortocircuito interno): La interpelación en Diputados era un pararrayos. Al anularla, toda la carga eléctrica se traslada al Senado, donde la oposición lo espera con los colmillos afilados para que dé su informe de gestión. Y acá es donde el asunto se pone más jugoso y expone el nerviosismo del Gobierno: Patricia Bullrich salió apurada a decir que el informe de Adorni en la Cámara Alta directamente se suspendía, en un intento burdo por blindarlo del todo y evitarle el mal trago. Sin embargo, el tiro le salió por la culata por la propia interna: el mismísimo Adorni tuvo que salir a aclararle los tantos a la ministra de Seguridad, asegurando que él no se esconde y que está a total disposición para ir. ¿Falta de coordinación o Adorni intentando no quedar como un cagón frente a la opinión pública? Sea lo que sea, lo que hoy fue un alivio en la Cámara Baja, promete ser un ring de boxeo televisado en el Senado, por más que Bullrich quiera esconder las llaves del recinto.
Al final del día, el Gobierno demostró que tiene reflejos para articular mayorías defensivas. Aprendieron rápido a usar las mañas parlamentarias.
Lo irónico es que, para salvar al vocero convertido en jefe de Gabinete, tuvieron que camuflarse tanto con el paisaje preexistente que ya cuesta distinguir dónde termina la militancia del cambio y dónde empieza la red de contención de la vieja política.
Ganaron una batalla reglamentaria, sí. Pero la sospecha no se disuelve con tecnicismos, y el costo de la factura aliada —y de las internas expuestas— va a llegar antes de lo que creen.
Por lo menos, así lo veo yo...CONTINUARÁ...







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